martes, 27 de octubre de 2009

Sin título

Llevo observándote mucho rato, en silencio. no te has dado cuenta, pero yo, he estado aquí, mirando como ibas de una habitación a otra, entretenida en tus tareas y tus pensamientos.
He visto como la luz del sol transitaba por los ventanales y ha habido un momento en que creí ser descubierto.
Ni siquiera estás preocupada, al contrario, parece que has olvidado lo que pasó ayer.
Ha oscurecido, otra vez. Esta noche tendré más cuidado, y procuraré guardar silencio.
No olvides cerrar por dentro.


Autor: Javier casas

viernes, 16 de octubre de 2009

La china roja

Minúscula, vivía arrebujada en el intersticio entre un pulgar gordote y su vecino, un índice chulito y de uña negra. Y menos mal por el agujerito, pues el rufián calzaba bota pesada y de suela gastada. Compañera de un sabañón, era por nacimiento Japonesa (que no china) y Gheisa por educación.
Tierna, sensible y discreta, la China Roja sufría en silencio el repateo del rufián y cantaba dulces canciones al sabañón, que enrojecía de placer.

Un día que no estaba borracho y pescaba, el rufián notó un dolorcillo, se descalzó, localizó a nuestra amiga y soltando un taco irreproducible la lanzó lejos, al mar. Allí reposa junto a una piedra gris, rodeada de conchas y corales.

La piedra gris

Liviana, rueda hacia abajo con cada suspiro del viento, confundida en un terraplén gris de compañeras más pesadas, inmóviles.

Un día llega al final de la pendiente, sin desgaste alguno, y tras un momento de vacilación, un último beso cefírico la empuja al arroyo. Etérea, flota río abajo, acompañada de una corte de adulonas cucharillas y sapitos que no ve.

Por fin llega al mar y, contra todo pronóstico, el abrazo del agua salada la arrastra a las profundidades, entre conchas y corales. Así termina su historia en el mundo conocido, pero el terraplén sigue inmóvil, indiferente.